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Historia

Reseña histórica

La casa de formación sacerdotal San José ha sido fundada por S.E.R Mons. Nicolas Baisi, tercer obispo de esta diócesis, el 28 de Julio de 2020 en el edificio del Santuario Diocesano “Santa María del Iguazú”. La misma, en su inicio, ha tenido como finalidad un espacio temporal para que los seminaristas del cuarto año de teología puedan culminar sus estudios teológicos y tiempo de actividad pastoral, previa a la ordenación. Allí mismo, los entonces seminaristas, han culminado sus estudios y recibido la ordenación diaconal y presbiteral en el transcurso del año 2021.

Finalmente, el 21 de febrero de 2021 el Sr. Obispo inaugura formalmente el curso de “propedéutico” en la Casa de formación sacerdotal San José. La misma se funda en un deseo de la Diócesis de formar a los seminaristas en el propio territorio diocesano y con sus propios sacerdotes, como ocasión para un mayor crecimiento en el sentir diocesano y cercanía al obispo. Esto, ayuda al candidato a vivir y nutrirse de la vida diocesana, con una participación más intensa que fortalezca su sentir diocesano.

Es así, que el primer grupo que hacen su ingreso son en total 5 seminaristas que comenzarían la etapa de introductorio, junto a un seminarista que culminaría la filosofía con un plan interno en la misma casa. Es decir, un total de 6. De estos 5 seminaristas, 3 harían el seminario menor, culminando sus estudios secundarios en el Instituto Superior Sagrada Familia, correspondiente a la misma diócesis.

La casa de formación contará así, por primera vez en la historia con el introductorio en la misma diócesis. Es en ella, donde los seminaristas se nutrían de la vida de oración diaria, signada por el rezo de la liturgia de las horas, con el rezo de laudes, sexta, nona, vísperas y completas. Unido a ello, la relación íntima con Dios mediante la meditación personal todos los días como el núcleo de la formación inicial del futuro sacerdote, su apertura a la relación con Dios como alimento del alma en el cual encuentra el fundamento del ser sacerdotal.  Dado que es la vida y formación espiritual lo que permite que el formando pueda comunicar luego aquello que ha recibido. Esa comunicación se da de modo particular en la vida apostólica, donde participa de la misión de Cristo de anunciar el Reino.

La tradición formativa en la vida diocesana

En el año 1989, el entonces primer obispo de la diócesis, S.E.R Mons. Joaquín Piña Betlevell fundaba en el predio de la Parroquia San Miguel de Eldorado, el pre seminario, teniendo como patronos a San Roque González y Compañeros Mártires. Su primer rector, fue el padre Agustín Bergmann, al cual le siguieron distintos sacerdotes diocesanos. Allí, han culminado sus estudios secundarios muchos seminaristas, mientras realizaban el correspondiente discernimiento vocacional. La iniciativa fue continuada por el segundo obispo, S.E.R Mons. Marcelo Raúl Martorell, quien ha acompañado al rector, P. Eduardo González Báez, en la dirección del pre seminario y ayudando al discernimiento de las vocaciones. Finalmente, por problemas edilicios, y falta de vocaciones, la casa se ha cerrado en 2014.

Finalmente, el 21 de febrero de 2021 el Sr. Obispo inaugura formalmente el curso de “propedéutico” en la Casa de formación sacerdotal San José. La misma se funda en un deseo de la Diócesis de formar a los seminaristas en el propio territorio diocesano y con sus propios sacerdotes, como ocasión para un mayor crecimiento en el sentir diocesano y cercanía al obispo. Esto, ayuda al candidato a vivir y nutrirse de la vida diocesana, con una participación más intensa que fortalezca su sentir diocesano.

El pre-seminario ha marcado un perfil sacerdotal, y los sacerdotes que han pasado por ella, han sabido conservar y transmitir lo aprendido allí. En esta misma línea, es que como comunidad diocesana hemos querido continuar con la Casa de Formación Sacerdotal San José, respecto al curso de introductorio, ubicado ahora, en Puerto Iguazú. Esta tradición formativa, se encuentra fuertemente impregnada en el clero diocesano.

En efecto, el sacerdote, como hombre de Dios, elegido entre los hombres para servir a los hombres, se caracteriza por su ser-elegido, pero no separado totalmente de los demás. Por esta razón, buscamos que el candidato crezca en su maduración humana, con una permanente conciencia, que, siendo elegido para algo grande, no deja su condición humana. Así, una ordenada toma de consciencia de dicha condición, permite crecer en la libertad, y ser capaz de ejercer el ministerio con realismo y responsabilidad. Estos aspectos, entre otros, hemos querido enfatizar a lo largo de nuestra historia de formación diocesana.

Por otra parte, su ser-elegido manifiesta la predilección divina, pero también sus destinatarios: el Pueblo de Dios. Así, el sacerdote es, a ejemplo de Jesucristo Pastor de un rebaño. Esta imagen utilizada por Nuestro Señor, manifiesta la enorme tarea del sacerdote, pero también, las virtudes que deben acompañar su oficio: humildad, obediencia, caridad pastoral, responsabilidad y, sobre todo, hombre de Dios. El sacerdote que buscamos formar, es un hombre que asume su humanidad, pero que está al servicio de la humanidad herida, lastimada y perdida. Para ello, el servicio y la caridad, son los dos ejes que buscamos que acompañen la vida de nuestros sacerdotes: ser hombres de Dios para los hombres. Solo a la luz de la virtud de la caridad pastoral, se puede comprender todo el dinamismo de la propia vocación, como de la vida de la Iglesia, rebaño al cual debe guiar a las ovejas a él encomendadas.

Dicha tarea no es posible, si no está sustentada en vida espiritual. Por dicho motivo, buscamos formar hombres formados en la gran tradición espiritual de la Iglesia; que, sin renunciar a su humanidad, sepan ser profundamente espirituales; de este modo, la vida Eucarística es el principio y fin del cual se alimenta la vida espiritual del sacerdote. Su amor a la Eucaristía, es el motor que conduce a entregar la vida «por las ovejas»[1]. Hombres Eucarísticos, que hagan a la Iglesia diocesana en la unidad de la misma fe, y conduzcan a las ovejas las praderas donde coman y beban, custodiados por el pastor. Buscamos formar, sacerdotes que con madurez[2], asuman su condición y sepan iluminar la vida de las personas bajo la luz divina, el cual supone se hayan nutrido.

Esta vida espiritual, hace del sacerdote un hombre sabio; no porque contenga mas conocimiento que otros, sino que, por la virtud de la caridad, es capaz de interpretar los signos de los tiempos, las circunstancias presentes con la virtud de la prudencia, e iluminar las mentes y corazón con la predicación. Por ello, buscamos formar hombres que conozcan la fe de la Iglesia, expresen los sagrados misterios y nutran los corazones con la verdad del Evangelio, que brota de Aquel que es «El Camino, la Verdad y la Vida» Jn 14,6. Hombres que sean amantes de la Verdad, que por medio del estudio busquen dar respuestas a los problemas actuales y comunicar a todos la Única Verdad Salvadora.

Finalmente, hombres de comunión y sinodales, capaces de trabajar en conjunto en el presbiterio, junto al Obispo, de quien son colaboradores. Por eso buscamos formarlos en una ordenada obediencia y humildad, fraternidad y colaboraciones; escucha y disponibilidad. Solamente, cuando se comprende que el anuncio del Reino es trabajo de todos, es cuando la labor pastoral se realiza en conjunto. El mayor enemigo de lo dicho es el individualismo, propio de nuestra época, y, por ende, una tentación presente en la vida del clero. Por eso, buscamos formar hombres de comunión, que sepan escuchar y trabajar juntos por un mismo fin.

 

[1] Cf. Juan 10, 11-18.

[2] Cf. CEA, El camino de la formación presbiteral, 186: «La madurez humana es un proceso dinámico en el que la persona va advirtiendo el propio misterio, reconoce agradecido los dones recibidos de Dios y, con la ayuda de la gracia y los recursos formativos intenta asumir los límites, carencias y miserias».

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