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La fiesta del Corpus Christi en las Reducciones de Guaraníes

  • rodrigorr0
  • hace 10 horas
  • 3 min de lectura

Compartimos con ustedes un artículo de la Dra. María Angélica Amable (*), que nos da la alegría de recordar "cuando la selva misionera se vistió de fiesta para adorar a Dios".


Imagen genenerada por IA



A comienzos del siglo XVII llegaron los primeros misioneros jesuitas a nuestra región iniciando su tarea entre los guaraníes. Fundaron reducciones, que eran pueblos integrados por comunidades indígenas reunidas para ser evangelizadas, como Loreto, San Ignacio, Santa Ana, Concepción, entre otras.

Las reducciones llegaron a ser ciudades estables y grandes, con instituciones políticas, sociales y económicas propias. La vida en estas comunidades, toda su organización, se orientaba hacia el fin evangelizador.



Las fiestas religiosas eran muy importantes porque expresaban la fe de sus pobladores. Entre ellas sobresale la fiesta del Corpus Christi que se celebraba con gran solemnidad y mucha devoción en las reducciones de guaraníes.

Los músicos y danzantes ensayaban durante varias semanas. En los días previos iban a los campos y montes a recoger pájaros, flores y plantas para adornar la calle por la cual iba a pasar la procesión. Armaban vistosos y coloridos arcos con ramas, loros y otros pájaros, también monos.

Después de la misa, comenzaba la procesión por la calle mencionada que rodeaba la plaza. El sacerdote salía con la custodia que siempre era muy vistosa y finamente labrada. Comenzaban a ejecutar los músicos con todos los instrumentos que hubiera en el pueblo: violines, arpas, bajones, clarines, tambores, tamboriles y flautas. Acompañaban dos acólitos con roquetes (como albas pero más cortas) y sotanas portando dos incensarios de plata. Algunos niños iban esparciendo flores en el suelo antes de que pasara el Santísimo Sacramento.



En los cuatro ángulos de la plaza se habían levantado capillas también muy adornadas con elementos traídos de la iglesia. Al llegar a cada capilla el sacerdote colocaba la custodia sobre el altar, se incensaba, cantaban los músicos y se rezaban las oraciones. Luego el sacerdote se sentaba en una silla de terciopelo rojo con galones dorados, y los cabildantes y cabos lo hacían en sus correspondientes asientos. Entonces comenzaban las danzas acompañadas de cantos. Así relata estas danzas el padre José Cardiel que trabajó en las reducciones a mediados del siglo XVIII:

“Ocho, diez o más danzan alguna de las más devotas danzas delante del SSmo., ya de Ángeles, ya de naciones. Diré tal cual. Salen vestidos diez de asiáticos con cazoletas de incienso de su tierra, y en ellas un grano grande como una nuez en cada una para que dure toda la danza. Puestos de hilera, comienzan a incensar al Señor, con reverencias hasta el suelo, al uso de su tierra: y al mismo tiempo cantan Lauda Sion Salvatorem: y con bellísimas voces, que casi todos son tiples. Esto lo cantan despacio, al compás de la incensación. Repiten todos más a prisa, danzando y cantando, y prosiguen dos o tres mudanzas... Con este orden van cantando todo el sagrado himno. Al fin van de dos en dos sucesivamente al altar, con muchas vueltas y genuflexiones y dejan allí delante en orden todas sus cazoletas con sus pebetes”.

La gente asistía en profundo silencio y con devoción. Cada vez que el Santísimo se trasladaba la música repetía el Tantum Ergo y todos cantaban; al mismo tiempo repicaban las campanas.

El padre Antonio Sepp, otro sacerdote que trabajó en distintas reducciones también aporta un relato interesante sobre las danzas en la fiesta de Corpus Christi:

“Es una vieja tradición española que en los días de fiesta, particularmente en el día del Corpus, algunos bailarines se adelantan a la procesión, vestidos elegantemente como pajes españoles que bailan delante del Santísimo Sacramento, como David bailaba antiguamente delante del Arca de la Alianza. Los misioneros de esta nación introdujeron luego esta venerable costumbre también en Paracuaria... Estos bailes causaban una impresión particularmente profunda en mujeres sensibles que presenciaban cómo sus hijos de poca apariencia o feos se convertían de un momento al otro en pajes encantadores o en verdaderos ángeles.”

Una vez terminada la procesión, el sacerdote repartía mandiocas y batatas, tortas de maíz y otros comestibles, que habían puesto en los adornos de la procesión: y cada familia organizaba su comida para celebrar ese gran día.

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(*) María Angélica Amable es profesora y doctora en Ciencia Política, y licenciada en historia con especiales trabajos en historia misionera. Investigadora, docente universitaria y ex Rectora del Instituto "Antonio Ruiz de Montoya", ha publicado obras declaradas de interés provincial y educativo. Distinguida por la Provincia de Misiones con la "Orquídea de Plata" por su contribución a la cultura regional.


 
 
 

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